ç Feminismo y juventud en las sociedades formalmente igualitarias [Artículo] - [Concejo Educativo de Castilla y Len]
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Feminismo y juventud en las sociedades formalmente igualitarias

Ana de Miguel lvarez (publicado en la Revista de Estudios de Juventud, n 83, 2008)

Publicado por Ana de Miguel lvarez | 3 de marzo de 2010

Este artculo trata de comprender una situacin aparentemente paradjica y contradictoria: cmo convive la aceptacin y consolidacin de importantes valores feministas con lo que se puede calificar como una acrtica vuelta al rosa y al azul, a las normas de la feminidad y masculinidad ms rancias y que parecan ya superadas. En la primera parte se exponen algunas de las dificultades que enfrenta la juventud para percibir la desigualdad en las sociedades formalmente igualitarias, es decir, los mecanismos del sistema para invisibilizarse, y otros ms explcitos como el estigma , la amenaza y el miedo a la prdida de la felicidad. En la segunda se muestran algunas formas actuales de reproduccin de la desigualdad que se inscriben en los cuerpos de las mujeres como la violencia y la prostitucin. Al mismo tiempo se plantea la hiptesis de que en las sociedades formalmente igualitarias y con polticas activas de igualdad la reproduccin de los valores patriarcales se realiza desde la triada del mundo de la creacin, los medios de comunicacin y el consumo de masas. La industria de la imagen y la industria del ftbol son algunos de los espacios en que cuaja la rancia ideologa de la naturaleza diferente y complementaria de los sexos.

Introduccin

Este artculo trata de comprender una situacin aparentemente paradjica y contradictoria: cmo convive la aceptacin y consolidacin de importantes valores feministas con lo que se puede calificar como una acrtica vuelta al rosa y al azul, a las normas de la feminidad y masculinidad ms rancias y que parecan ya superadas.

En la primera parte se exponen algunas de las dificultades que enfrenta la juventud para percibir la desigualdad en las sociedades formalmente igualitarias, es decir, los mecanismos del sistema para invisibilizarse, y otros ms explcitos, el estigma , la amenaza y el miedo a la prdida de la felicidad. En la segunda se muestran algunas formas actuales de reproduccin de la desigualdad que se inscriben en los cuerpos de las mujeres como la violencia y la prostitucin.

Paralelamente el artculo plantea la hiptesis de que en las sociedades formalmente igualitarias y con polticas activas de igualdad la reproduccin de los valores patriarcales se realiza desde tres mundos estrechamente conectados, el mundo de la creacin, el los medios de comunicacin y el consumo de masas. La industria de la imagen, del sexo, del ftbol son algunos de los espacios en que cuaja la rancia ideologa de la naturaleza diferente y complementaria de los sexos.

Feminismo y cambio social en Espaa: el mundo en que han nacido las jvenes.

Las transformaciones que ha experimentado la situacin y la percepcin social de las mujeres en Espaa ha sido uno de los cambios ms rpidos e impactantes de nuestra sociedad desde la instauracin de la democracia. Tambin ha sido uno de los factores que ha contribuido de forma decisiva a que nuestro pas abandone el “Spain is different”, propio de los viejos y malos tiempos y haya abrazado con entusiasmo la modernidad.

Ahora bien, frente a una sociedad caracterizada por una fuerte apariencia de modernidad, o ms bien de posmodernidad, desde el feminismo es frecuente escuchar el argumento de que en cuanto “rascas un poco” las cosas no han cambiado tanto. Ni en la esfera pblica ni, mucho menos, en la esfera privada. De hecho el acceso masivo de las mujeres jvenes a la educacin superior y a la poblacin activa, al espacio pblico, entre las dcadas de los ochenta/noventa no tuvo en su raz un fuerte desarrollo del Estado de Bienestar o en un cambio drstico en la mentalidad de los varones, que pasaran a reclamar y obtener sus cuotas de trabajo y dedicacin a los cuidados en la esfera de lo privado. No; este acceso masivo fue posible, entre otras razones, gracias a la difusin y aceptacin de importantes valores feministas (Alberdi, 2000) y a lo que podemos calificar de autntica huelga de natalidad de las mujeres, huelga por la que una sociedad generalmente calificada como tradicional-catlica-familiar lleg a hacerse con el ttulo (compartido) del pas con la tasa de natalidad ms baja del mundo.

En este contexto puede ser ms fcil comprender que la situacin real de las mujeres y en consecuencia tambin del feminismo aparece surcada de dobles y triples jornadas, y contradicciones y paradojas varias, de forma que a veces puede resultar cierta una afirmacin y su contraria. Por un lado hay razones para el optimismo cuando el criterio utilizado es el de comparar diacrnicamente nuestra situacin actual con la de nuestras madres o abuelas; por otro hay razones para el pesimismo cuando comparamos nuestras vidas con las de la otra mitad de la raza humana, los varones, y observamos que siguen copando con naturalidad los puestos de poder en la esfera pblica y se dejan servir y cuidar, an con mayor naturalidad si cabe, en la esfera privada. Por otro lado continan detentando el poder simblico de definir la “autoconciencia” de la especie y de la sociedad. Es posible resumir la situacin observando que si el sexismo est en momentos bajos no ocurre lo mismo con el androcentrismo.

Ahora bien, lo que nadie puede negar, creo, es que a lo largo de estas tres dcadas las mujeres nos hemos hecho visibles como sujetos con reivindicaciones especficas y tambin estamos consiguiendo llevar a la agenda poltica “nuestros” problemas para redefinirlos como problemas de toda la sociedad. As se ha logrado por ejemplo con el tema de la violencia de gnero; as se ha llegado a tener un gobierno paritario como el actual, con el Partido Socialista Obrero Espaol en el gobierno, y as se ha aprobado una Ley de Igualdad que tiene como objetivo lograr remover algunas de las barreras que hacen que la sociedad patriarcal se siga reproduciendo sin mayores problemas en nuestra sociedad formalmente igualitaria. Por otro lado tambin se ha aprobado recientemente el matrimonio entre personas del mismo sexo con el mismo status legal y derechos que los matrimonios heterosexuales.

El interrogante es cmo se han logrado estos y otros objetivos que las sucesivas generaciones se encuentran ya como parte de su vida cotidiana? Cmo se ha conseguido involucrar a la sociedad y al gobierno en la agenda feminista? Tal vez sea pronto para saber la respuesta pero si aventuro que mucho menos se hubiera logrado sin el firme compromiso de tantas y tantas mujeres con los fines y valores del feminismo, y el acuerdo tcito de muchos hombres. Tanto de las que militan en el Movimiento en el sentido ms clsico y rotundo de la palabra, como de todas aquellas que se han convertido en insobornables “agentes feministas” sea cual sea el puesto de trabajo que ocupen. Sea ste el de ministra, jueza, profesora, tcnica de ayuntamiento, trabajadora social, trabajadora a secas o estudiante miles de mujeres han tomado sobre sus hombros el compromiso por contribuir desde su sitio particular a hacer un mundo mejor. El movimiento feminista y la teora feminista han actuado y actan como sus referentes. Y, sin embargo, muchas jvenes, herederas directas de estas conquistas no se sienten a gusto con la calificacin de feministas (Aguinaga, 2004). Trataremos de indagar en el por qu de las complicadas y contradictorias relaciones entre las jvenes y el feminismo.

I. JOVENES Y FEMINISTAS, RAZONES DE UNA INCOMODIDAD

El estigma de la palabra feminismo. Entre el desconocimiento y la descalificacin. Deca la escritora Rebecca West que no haba conseguido averiguar de forma precisa qu era el feminismo, pero aada “Slo s que la gente me llama feminista cada vez que expreso sentimientos que me diferencian de un felpudo”. No es una mala aproximacin al tema porque nos hace caer en la cuenta del estigma de la palabra feminismo y de dos actitudes que siguen teniendo vigencia frente al mismo, tambin entre la juventud: por un lado su desconocimiento fuera de los crculos estrictamente feministas y por otro su continua descalificacin -a pesar del desconocimiento!- por parte de muchas personas que si lo conocieran mejor no dudaran en auto-calificarse de feministas.

De forma casi incomprensible para quienes hemos estudiado la historia del feminismo y conocemos el alcance de nuestra deuda con las mujeres que dedicaron sus vidas o parte de ellas a conquistar lo que hoy nos parecen los derechos ms elementales, el caso es que “el feminismo” sigue disfrutando de una mala prensa considerable.

Adems, esta mezcla de desconocimiento y descalificacin no es nueva, parece que ha acompaado siempre a las luchas de las mujeres por salir de la servidumbre y lograr los mismos derechos que los varones. Fijmonos en esta frase de Clara Campoamor, la diputada que defendi el derecho al voto femenino en la Segunda Repblica espaola: “Digamos que la definicin que de feminista con la que el vulgo pretende malvolamente indicar algo extravagante indica la realizacin plena de la mujer en todas sus posibilidades, por lo que debiera llamarse humanismo”. Efectivamente el feminismo es un humanismo, es la lucha por el reconocimiento de las mujeres como sujetos humanos y sujetos de derechos, es y ha sido siempre la lucha por la igualdad entre los dos sexos. Y, sin embargo, buena parte de su mala prensa procede de que muchas personas asocian el feminismo con la lucha por la supremaca femenina, es decir “con dar la vuelta a la tortilla” y tambin con el odio a los varones, la conviccin de que las feministas quieren transformar a las mujeres en hombres, o en otro orden de cosas, con la confusa creencia de que las feministas estn en contra de que las mujeres se enamoren, sean madres o quieran verse guapas! (Cacace, 2006).

Ante una interpretacin tan abiertamente falsa y retorcida de una causa tan justa y legtima, de una lucha tan constante, silenciada y no violenta por parte de tantas mujeres y tambin hombres, slo cabe preguntarse con asombro: De dnde ha salido esta versin tan falsa y mezquina de mujeres como las sufragistas?, de mujeres como Concepcin Arenal que centr sus esfuerzos en que las nias pudieran ir a la escuela, en que las mujeres estuvieran preparadas para ejercer un oficio para evitar la pobreza o la prostitucin si no llegaban a contraer matrimonio? De mujeres como la mencionada Clara Campoamor que arruin su carrera poltica y profesional por defender en un momento “polticamente inoportuno” nuestro derecho al voto? De todas las mujeres que se han unido para defender el derecho al trabajo asalariado, a la educacin superior, a todas las profesiones? De las que han luchado y siguen luchando para que se rompa el pacto de silencio y complicidad que ha rodeado tradicionalmente la violencia contra las mujeres?, para que la violacin se tomara en serio como un delito pblico y no como un delito privado en que se acosa a la vctima por haber estado donde no deba, por vestir como no deba, y toda la retahla de intolerables argumentos que se han utilizado para culpabilizar a las vctimas? De aqullas que han denunciado y siguen denunciando la doble moral sexual y sus inexorables consecuencias para todas?

Abordamos este trabajo con la conviccin de que cuando se llega a conocer realmente lo que es el feminismo, cules son sus anlisis de la realidad, sus valores y sus fines, la mayor parte de las mujeres y tambin de los hombres estn de acuerdo con las mismas. Pero tambin con la certeza de que por todo lo que implica de revisin y cuestionamiento de la propia identidad y de las relaciones ms estrechas y personales para muchas es mejor no ver. En todo caso, vayamos un poco ms all desde cundo existe el feminismo?

Una teora, un movimiento social y poltico y una prctica cotidiana Desde cundo existe el feminismo? En un sentido amplio del trmino, siempre es posible rastrear conatos de feminismo a lo largo de la historia, mujeres que se rebelaron contra su destino individual o colectivo y trataron de cambiarlo. En un sentido ms concreto y ms eficaz para comprender de dnde venimos y en consecuencia hacia dnde vamos es preciso tener claro que el feminismo comienza en la llamada Modernidad, a la par con las grandes transformaciones materiales e ideolgicas que trajeron la Revolucin Francesa y la Revolucin Industrial y se extiende a lo largo del siglo XIX con la reivindicacin del derecho al voto femenino y otras como el trabajo asalariado no estrictamente proletario y la educacin superior. Tambin con la condena de la doble moral sexual y la trata de chicas para la prostitucin. Desde entonces el feminismo, en su pluralidad, ha ido tomando forma desde tres tipos de hacer distintos, aunque relacionados:

-  El feminismo es una teora, es una militancia social y poltica y es una prctica cotidiana, una forma de entender y vivir la vida. Aunque se puede diferir a la hora de valorar cul de los tres elementos ha tenido mayor importancia en el cambio de la situacin de las mujeres en pases como el nuestro, la realidad es que sin la presencia de los tres las mujeres no habramos llegado donde hemos llegado.

-  El feminismo como teora es una teora crtica de la sociedad. Una teora que desmonta la visin establecida, patriarcal, de la realidad. Celia Amors nos recuerda que la palabra teora en griego significa ver, para subrayar el que es el fin de toda teora: posibilitar una nueva visin, una nueva interpretacin de la realidad (Amors y de Miguel,2005). La teora, pues, nos permite ver cosas que sin ella no vemos, el acceso al feminismo supone la adquisicin de una nueva red conceptual, “unas gafas” que nos muestran una realidad ciertamente distinta de la que percibe la mayor parte de la gente. Y tan distinta, porque donde unos ven proteccin y deferencia hacia las mujeres, otras vemos explotacin y paternalismo, donde unos observan que “en realidad las mujeres gobiernan el mundo”, otras constatamos la feminizacin de la pobreza y la dolorosa resignacin con que las mujeres aceptan todava en la mayor parte del mundo una subordinacin que se hace pasar por su destino. Y, como ha sealado Amelia Valcrcel a pesar de las tensas relaciones entre la teora y la accin, en las asociaciones de mujeres y los ncleos feministas existe mayor vocacin terica que en ningn otro colectivo (Valcrcel, 1998). Y es que todas necesitamos ampliar e iluminar nuestro conocimiento sobre la insidiosa mezcla de complejidad y sencillez que apuntala la impresionante capacidad de reproduccin del sistema patriarcal. Un sistema en el que las mujeres continan sirviendo a los varones - especialmente en la esfera de lo privado/domstico - y estos lo esperan y aceptan con pasmosa naturalidad.

-  Como prctica social y poltica la visin feminista de la realidad ha cristalizado histricamente en la formacin de un movimiento feminista. El movimiento feminista se caracteriza, como todo movimiento social, por su gran diversidad. Ser un movimiento social y no un partido poltico es lo que le ha permitido funcionar de manera muy abierta y lograr unir bajo reivindicaciones muy generales a muchas mujeres que, desde otras perspectivas, pueden tener importantes discrepancias ideolgicas. La necesidad de unin de todas las mujeres, la constitucin de un Nosotras como Sujeto poltico -los pactos entre mujeres o los pactos de gnero- se deriva de la realidad de que, aunque sin duda la condicin de mujeres interacta con otras variables como la clase social, la etnia y la orientacin sexual entre otras, todas hemos sido excluidas de derechos en funcin de ser mujeres, todas compartimos una historia de opresin.

-  El feminismo es tambin una forma de entender y vivir la vida cotidiana. No es un tipo de prctica poltica de las que tiene lugar en la esfera pblica y de la que es posible “pasar” en la esfera de lo privado. Casi al contrario, el feminismo implica tambin un proceso individual de cambio personal, de ajuste de cuentas con la tradicin

“las cosas siempre han sido as y t no las vas a cambiar”- la educacin y las expectativas que la sociedad coloca en los supuestamente delicados hombros femeninos: estar siempre disponibles como ngeles domsticos y como objetos decorativos y sexuales. De ah que el feminismo de los aos sesenta enarbolara el lema de lo personal es poltico. Con este lema se quiere expresar que las decisiones que toman las mujeres sobre sus vidas personales, como cargar con las responsabilidades domsticas, no son fruto de su libre eleccin y de sus negociaciones como pareja sino de un sistema de poder, es decir poltico, que no les deja ms eleccin porque ellos “no van a cambiar”.

Sin embargo la militancia y el asociacionismo con otras mujeres, proporciona un empoderamiento, en que las mujeres se enfrentan de forma explcita a su condicin de “segundo sexo” y a los mltiples miedos que la sociedad les ha imbuido desde pequeas para afirmarse como personas, tengan o no un hombre al lado. De hecho algunas autoras han definido el patriarcado como una sociedad en que los hombres ofrecen proteccin a cambio de servicios domsticos y sexuales. La vida de las mujeres que se enfrentan al lugar que el patriarcado les tiene asignado emprenden una revuelta interior y exterior que necesariamente tiene que afectar a todo el orden privado-domstico y llevarlo a la prctica sin contradicciones no es fcil. Reconocer las contradicciones que sin duda permanecen “de puertas adentro” en la acertada expresin de M ngeles Durn, es as mismo un paso ms en la autoconciencia y en la posibilidad de liberacin.

Las armas del sistema patriarcal: entre la invisibilidad y la coaccin.

Segn los fros datos estadsticos la desigualdad entre los sexos es dramtica en la mayor parte del mundo y sigue siendo fuerte en los pases formalmente igualitarios.

En el nuestro, por ejemplo la tasa de paro femenina duplica la masculina y las mujeres ganan una media de un 30% menos que los varones. Este ao todava no ha acabado y ya han sido asesinadas ms de sesenta mujeres, ms de una muerta a la semana, los datos de mujeres que solicitan proteccin frente a sus exparejas son escalofriantes.

Entonces por qu el rechazo de tantas jvenes a declararse feministas y por qu aunque lo sean no les gusta reconocerlo en pblico? Marina Cacace ha aportado diversas y sugerentes razones para explicarlo y ha planteado muy claramente el ncleo de la cuestin: “por qu las jvenes tienden a infravalorar la desproporcionada carga que sigue comportando el nico hecho de ser mujeres”. A su juicio “se ha difundido entre las jvenes una forma de comprensin de la realidad que, respecto a las cuestiones de gnero no registra o interpreta coherentemente los datos negativos. Estos o no se perciben realmente o se atribuyen a factores no sistmicos, como la escasa capacidad o preparacin de algunas, el carcter demasiado dcil de las otras, los problemas de ese tipo de pareja, la adversidad, etc., con lo cual no se piensa en soluciones comunes sino solo en dificultades y errores (o en victorias) personales” (Cacace 2006). Si a esto aadimos la falta de experiencias de discriminacin, el sentimiento de que las occidentales somos una privilegiadas y el que a nadie le gusta saberse parte de un grupo oprimido -mxime cuando a las chica les embotan la cabeza con que si son ms listas que ellos, tambin como a nuestras abuelas- se van aadiendo cada vez ms razones para que las jvenes sientan incomodidad ante la interpelacin crtica que supone el feminismo.

Por nuestra parte vamos a plantear la tesis de que a pesar de los avances hacia la igualdad el sistema patriarcal est profundamente anclado en la estructural social y como ha mostrado recurrentemente la historia puede transformarse para no desaparecer.

Sin la referencia necesaria al poder del patriarcado parece que todas las explicaciones sobre la falta de conciencia feminista entre las jvenes estn del lado de stas, y de alguna forma, se infravalora el poder y los recursos simblicos con que cuentan los sistemas de dominacin para perpetuarse. De entre estos recursos vamos a centrarnos en la relacin entre invisibilidad y coaccin.

La invisibilidad del sistema no es una caracterstica nueva ni que tenga que ver necesariamente con las sociedades formalmente igualitarias. La mayor parte de las mujeres de todos los tiempos y sociedades han negado ardientemente la existencia de una sociedad sexista. Comprender esta invisibilidad de la desigualdad sexual es comprender que para la mayora se solapa con el orden normal y natural de las cosas. Es normal y natural que los hijos lleven primero el apellido de su padre y en segundo lugar el de las madres que los tuvieron en sus vientres nueve meses y los trajeron al mundo por qu no habra de serlo? La mayor parte de las mujeres ha negado y niegan la existencia de la desigualdad y los conflictos que sin duda genera: sencillamente somos diferentes han afirmado y afirman en la actualidad. Y continuando con el tema de la invisibilidad merece la pena rescatar el hecho de que la que llegara a ser gran feminista Simone de Beauvoir, cerca ya de los cuarenta aos afirmaba que para ella “ser mujer no haba pesado nada”. No haba podido votar por el hecho de ser mujer pero “ser mujer no haba pesado nada”. Es importante seguir insistiendo sobre este rasgo del sistema patriarcal: la gran dificultad que tenemos para percibir la desigualdad sexual.

Una mujer que era filsofa, que todo lo registraba minuciosamente, que no dejaba de observar y observarse. Y hasta casi los cuarenta aos casi perteneca al gnero de mujeres que declaran “no haber sufrido discriminacin alguna”. Y sin embargo, un buen da tuvo una revelacin, accedi a una nueva conciencia, una nueva visin de la realidad de su realidad: “Empec a analizarlo y sbitamente se me revel: este mundo era un mundo masculino, mi infancia haba sido alentada con mitos forjados por los hombres. Y no haba yo reaccionado de la misma manera que si hubiese sido un chico. La cuestin me interes tanto que abandon el proyecto inicial de elaborar una especie de relato personal y decid ocuparme de la condicin femenina en general. Como bien sabemos el resultado fue los cientos de pginas que componen El segundo sexo.

Volvamos a recordar sus palabras iniciales: “para mi ser mujer no ha pesado nada...”. Si comprendemos que todas las generaciones de mujeres que nos han precedido han realizado un camino hasta llegar a ser feministas tanto mejor entenderemos que esto les suceda tambin a las jvenes de hoy da que, adems, tienen menos experiencias de desigualdad, al menos en la primera parte de su vida.

Las jvenes de hoy en da pueden admitir sin mayores problemas que la desigualdad existi, pero antes, como en un pas lejano y remoto. Sin embargo carecen de un conocimiento esencial: esa desigualdad ha ido cediendo por la lucha organizada de millones de mujeres y slo para conseguir el derecho al voto se necesit ms de un siglo de lucha tenaz y continuada. Y no eran marcianos eran hombres los que se resistan tambin tenazmente a que las nias, en definitiva sus esposas, madres, hijas y hermanas pudieran estudiar, ser autnomas y votar. En general, cuando las chicas se enteran de lo que en el feminismo se denomina nuestra genealoga se mueven inicialmente entre la indignacin y el “no me lo puedo creer”, para terminar finalmente como Simone de Beauvoir, en el feminismo. Otro conocimiento esencial que ignoran es el de la genealoga patriarcal, a saber, que los grandes tericos que estudian en clase de filosofa y literatura han desplegado todo su arsenal terico para explicar cmo y por qu las chicas son inferiores a los chicos. Es decir ignoran la dureza y severidad con que se les ha conceptualizado como inferiores y lo arraigado de esta legitimacin cultural. Y de ah el refuerzo de la invisibilidad de todo el sistema.

Hoy como ayer uno de los principales problemas del feminismo contina siendo el de hacer visible e injusta esta desigualdad para la mayor parte de la opinin pblica. Y la tarea no es fcil porque tambin se ve dificultada por la fuerte y continua reaccin ideolgica en contra del feminismo. Y esta es, como decamos una de las claves principales que explican el rechazo o la incomodidad de las jvenes con el feminismo.

Susan Faludi ha documentado los comienzos de esta reaccin en la dcada de los ochenta a travs de un sugerente anlisis de los mensajes de los medios de comunicacin de masas. Segn esta autora el mensaje de la reaccin antifeminista se mantiene en dos pilares ideolgicos falsos pero machaconamente repetidos: 1) La igualdad sexual ya es un hecho, el feminismo es cosa del pasado, y 2) la igualdad sexual ha empobrecido y estresado la vida de las mujeres, las ha hecho ms infelices (Faludi, 1991).

Estamos de acuerdo con Faludi en que hay una reaccin y para analizarla vamos a partir de la hiptesis de que la sociedad patriarcal contina reproduciendo la ideologa de la naturaleza diferente y complementaria de los sexos como fundamento de la posterior adscripcin a funciones diferentes en el orden social. Esta ideologa se difunde a travs de la imposicin de normas de comportamiento diferentes segn el sexo y presenta la forma de una coaccin porque difunde poderosas imgenes en torno a cual es la identidad correcta, no desviada, de una chica y la de un chico. Las normas y las ideologas sexuales no son optativas, deben cumplirse salvo riesgo de una fuerte sancin. Por mucho que parezca que estas normas se han suavizado la realidad es que algunas se han transformado pero las que existen son absolutamente severas y no toleran bien las excepciones. Por ejemplo y en lo que hace al vestir: los chicos no llevan faldas y punto. Claro que ellos esgrimirn que no quieren llevar falda, que no les gusta, que les parece incmoda, que pasan fro, que se les ve el calzoncillo. Es decir, que es una sociedad libre en que si no llevan falda es, qu casualidad, porque a ninguno le gusta. Lo mismo les sucede a ellas con las minifaldas, que les gustan, que les parecen cmodas, que no pasan calor y que cruzas las piernas y ya est, “no se te ve nada”. Cunta casualidad, pero no hay cuidado, a ninguno ni a ninguna se les va a pasar por la cabeza desafiar la norma. La norma es que los chicos no llevan falda.

Desde un cierto punto de vista es pasmoso contemplar como las jvenes parecen haber aceptado las normas sexuales. El problema es que topamos con poderosas industrias capitalistas: el rosa y el azul han encontrado una floreciente industria de consumo. En la actualidad las normas de la diferencia sexual no se difunden desde la ley ni desde el estado, ni desde la educacin formal. Se forjan desde el mundo de la creacin, en la msica, los videoclips, el cine, las series, la publicidad ... se difunden desde los medios de comunicacin de masas y generan unas poderosas industrias que ofrecen un consumo diferenciado para chicas y chicos. Para ellas el culto a la imagen, al cotilleo y al amor romntico. Para ellos la triada ftbol-motor-pornografa. Ellas, como la mayor parte de las mujeres del mundo sigue-seguimos interpretando la coaccin como libre eleccin, tanto en los taconazos de aguja, como en el culto al cuerpo, como en la eleccin de estudios no tecnolgicos como en la asuncin de los trabajos domsticos o el abandono del empleo porque alguien tendr que cuidar a los nios. En realidad muchas cosas no han cambiado o se est produciendo un retroceso que habra que documentar: bastar con ir a una juguetera, con hojear esos catlogos interminables de juguetes que generosamente regalan a todas las nias y nios con los peridicos los domingos. No es necesario un anlisis muy sofisticado: juguetes domsticos y para ponerse sexis para las nias y juguetes de accin y guerra para los nios. La industria de la comunicacin y el consumo de masas ha encontrado en esta reproduccin acrtica del roza y el azul un potente negocio. La industria del ftbol se condensa en titulares como “todos los nios quieren ser Ronaldo”, Beckam, Ronaldhio, el que toque y tiene como aliados a la prctica totalidad de los intelectuales y los polticos. La industria del ftbol ha conseguido enmudecer las crticas al papel socializador del ftbol masculino, cada vez ms omnipresente en los colegios, a su presencia obligatoria en los telediarios pblicos como si de informacin nacional relevante se tratara.

Desde aqu le reconocemos el valor y la disidencia a la sociloga Marina Subirats, que ha titulado su libro sobre la necesaria vuelta a la coeducacin “Balones fuera” (Subirats, 2007).

El amor romntico como factor de socializacin diferencial Hoy en da, cuando muchas tericas se estn preguntando con contundencia cuales son los factores de reproduccin de la desigualdad est apareciendo con insistencia el amor romntico (Jonnasdottir, Gonzlez 2006 y Esteban, 2008). Nosotras lo hemos elegimos como un ejemplo paradigmtico para explicar la presin social que sufren las jvenes para desarrollar una identidad femenina determinada y cmo, al mismo tiempo, se niega la presin y se reinterpretan comportamientos colectivos bajo la forma de la libre eleccin.

En primer lugar siempre es conveniente un poquito de historia para ver cmo el tema del amor es, en realidad un clsico del feminismo. La terica feminista Alejandra Kollontai mantena ya a principios del siglo veinte que las mujeres no lograran emanciparse hasta que no dejaran de colocar el amor como el fin prioritario de su vida. Y segn sus palabras “si una mujer tena el corazn vaco su vida se le apareca tan vaca como su corazn”.

Cul sera hoy el problema con el amor? El problema, como casi siempre en las relaciones entre los gneros residira en la ausencia de reciprocidad: para los chicos el fin de su vida nunca es el amor, es desarrollar su individualidad. Con esto no quiere decirse que el amor no sea importante o incluso muy importante para los varones.

Dentro de ese proyecto de vida, el amor y formar una familia pueden tener un puesto relevante pero siempre dentro de un proyecto global. Pues bien, en la actualidad numerosas tericas continan analizando la funcin del amor romntico y el miedo a no tener pareja como un mecanismo de reproduccin de la subordinacin de las mujeres a los varones. Algunos de estos anlisis abordan las relaciones entre esta concepcin del amor con la asuncin de la doble jornada laboral e incluso con la aceptacin de ciertas dosis de celos y violencia en las relaciones de pareja.

Es por conservar el amor y no estar “solas” -con el fracaso que eso significa para las mujeres en la sociedad patriarcal- por lo que las mujeres continan sirviendo(les) y los varones se dejan servir? Habr que estudiarlo ms pero cuando se analiza la ideologa patriarcal siempre acabamos encontrando el amor, mejor dicho, una cierta concepcin del amor para las mujeres. No nos resistimos a reproducir un texto publicado en la revista de la Seccin Femenina el 13 de Agosto de 1944: “La vida de toda mujer, a pesar de cuanto ella quiera simular -o disimular- no es ms que un eterno deseo de encontrar a quien someterse. La dependencia voluntaria, la ofrenda de todos los minutos, de todos los deseos y las ilusiones, es el estado ms hermoso, porque es la absorcin de todos los malos grmenes -vanidad, egosmo, frivolidades- por el amor”.

Una vez ledo el texto lo importante es recordar que estas palabras haban sido escritas por intelectuales de la talla de Freud, Simmell y, entre nosotros, Ortega y Gasset (Puleo, 1993). La seccin femenina se limitaba a difundirlas.

En su obra El poder del amor. Le importa el sexo a la democracia la terica nrdica Anna G. Jnasdttir se ha preguntado con contundencia por los mecanismos que reproducen la desigualdad sexual en sociedades como las nrdicas, con altas cuotas de igualdad en el espacio pblico. La respuesta se halla en un esquema conceptual deudor del anlisis marxista de la plusvala. Al igual que la capacidad humana de trabajar es fuente de valor y genera una plusvala que la clase capitalista extrae a la clase trabajadora, en las sociedades patriarcales los varones extraen una plusvala de dignidad genrica en todas y cada una de sus interacciones con las mujeres. La capacidad de amor del ser humano, entendida en un sentido amplio, es un recurso humano capaz de crear valor, en este caso reconocimiento, dignidad y bienestar para los sujetos receptores del mismo. El problema reside en que la poltica sexual o la organizacin poltica del amor patriarcal determina que las mujeres entreguen su amor sin reciprocidad, por lo que no slo resultan explotadas sus capacidades sino que viven con un continuo dficit de reconocimiento y bienestar, de “amor”.

En relacin con este sugerente anlisis merece la pena volver la vista atrs para apreciar lo claro que tenan algunos viejos defensores del patriarcado el inters de apropiarse esa “plusvala” del cuidado de las mujeres; as lo escribi el filsofo ilustrado Jean Jacques Rousseau “La educacin de las mujeres debe ser relativa a los hombres. Complacernos, sernos tiles, hacer que las amemos y las estimemos, que nos eduquen cuando seamos jvenes y nos cuiden cuando seamos viejos, nos aconsejen, nos consuelen, para que as nuestras vidas sean fciles y agradables; estos son los deberes de las mujeres de todos los tiempos y para lo que debieran ser enseadas durante la infancia”. Fin de la cita: es difcil tener ms claros y formular de manera ms sencilla los fines de un sistema de dominacin.

A continuacin ofrecemos un breve anlisis sobre cmo se reproduce la “ideologa del amor” en la actualidad. Tal y como venimos manteniendo esta reproduccin tiene lugar a travs del mundo de la creacin, los medios de comunicacin y el consumo. Nos centraremos en las revistas para adolescentes, aunque anlisis similares se han hecho sobre el cine, el ftbol o los videojuegos (Aguilar, 1998). El amor en las revistas para adolescentes/ as? Existe en el mercado una variada oferta de revistas para adolescentes que estn expresamente dirigidas a las chicas. En un brillante anlisis del retorcido mensaje de las revistas de adolescentes Amalia Gonzlez nos invita a observar cmo se mezcla la idea de modernidad y transgresin con los modelos femeninos ms rancios y pasivos. Lo primero que seala la autora es, tal y como hacamos en el epgrafe sobre el amor romntico, la falta de reciprocidad. Las chicas cuentan con una abundante bibliografa de revistas para formarlas en los temas de imagen, sexo y amor mientras los chicos no disponen de publicaciones paralelas, pues las dirigidas a ellos son de videojuegos, ftbol, motor, y tambin las pornogrficas (qu romanticismo). Pero vayamos tambin a los contenidos. “En estas revistas para chicas observamos la combinacin de libertad y desenfado sexual con la reproduccin de estereotipos tradicionales. Bien es verdad que tienen como aspecto positivo abordar temas sexuales de una forma directa y abierta, pero la manera de tratarlos adolece de un fuerte sexismo. La jovialidad que rezuman estas revistas convierte cualquier situacin en mero problemilla que siempre tiene final feliz marcado por la venida de algn redentor. Todas las secciones estn enfocadas a cmo tener xito con los chicos a los que se pinta como tipos un poco bobos a los que se puede seducir. Todo es alegre, jovial y festivo si te vistes a la moda, eres mona y no tienes prejuicios. Si hay algn revs, ste figura en los apartados de los testimonios o historias excepcionales, pero al final el amor todo lo salva” (Gonzlez, 2006).

Por otro lado, y abusando un poco ms del anlisis de Amalia Gonzlez, la autora seala que los consejos destinados a las chicas que salen con chicos, “las insta a mantener una postura activa, pero con mucho cuidado de no molestarlos, porque si se molestan se pueden ir. Hay que operar con cautela. As, en las pautas que da para cuando una chica y un chico empiezan a salir juntos, se dice que la chica ha de usar sus armas de mujer para poder tener xito (...) a los chicos hay una serie de preguntas que plantearles al inicio de una relacin, pero estas preguntas han de hacerse de una manera velada, porque “el gnero masculino suele asustarse cuando intuye que su ligue o chica quiere informarse sobre temas muy personales y los ataques paranoicos ante el compromiso son muy habituales”. Son “preguntas imprescindibles que debes hacer a tu chico”, pero han de hacerse “sin que se d cuenta!”.

Las preguntas personales que la revista cita son: si sale con otras chicas, cmo son sus amigos, si se ha hecho las pruebas del SIDA y qu piensa del futuro de la relacin. Las chicas no pueden preguntar abiertamente, porque los chicos “se pueden asustar”. Para que los chicos no se asusten, la revista en cuestin recomienda unas “estrategias del dbil” que ya no podemos transcribir, para no merecer el calificativo de plagio o intertextualidad por parte de Gonzlez, pero s volvemos a remitir encarecidamente a su artculo porque no tienen desperdicio. Ni nuestras tatarabuelas necesitaban tanta mano izquierda!. Fjense en la estrategia para la cuarta y ltima pregunta “crees que lo nuestro tiene futuro?” Veamos el rodeo porque, obviamente, no puede preguntarse as: “pregntale entre risas si eres el tipo de chica con la que compartira su vida... lo lgico es que te siga la broma y fantasee sobre un futuro contigo. Evidentemente, esto no te da ninguna garanta, pero el hecho de que no te haya puesto mala cara indica que, adems de que el chico tiene buen sentido del humor, la vuestra es una relacin slida”. Y terminamos tambin con el lcido juicio de Amalia Gonzlez: “Resulta de sumo inters para ver el modelo de relacin que propone la revista el consejo de que la chica ha de esperar el momento oportuno para hacer preguntas que no molesten. No es que despreciemos las habilidades comunicativas en la relacin, sino el hecho de que stas descansen en la chica, al entrenarla en “comprender” que el chico tiene miedo al compromiso, a la vez que ella desea este mismo compromiso. En definitiva, las preguntas son “imprescindibles”, pero hay que hacrselas veladamente y, por tanto, podemos quedarnos sin respuesta. No es esto una manera de educar en el conformismo, la pasividad, paciencia y en la esperanza de un varn que se convertir en salvador gracias al amor, caractersticas todas ellas tpicas del arquetipo de las mujeres sumisas? (Gonzlez, 2006).

La vieja idea del prncipe azul sigue operando. Eso s, ya no hay que recostarse a esperar, hay que actuar: enamrate, consigue al chico (nosotros te damos la estrategia) y ya no hay problemas! Si se me permite una pequea “observacin participante” quiero dejar constancia de que cuando en mis clases de Los gneros en la Red planteo que acabo de comprar una novela de una treintaera que se titula “Manual de caza y pesca para chicas” detecto por sus sonrisas que no va de conejos y salmones.

II. Hechos que no casan. La reproduccin de la desigualdad en las sociedades formalmente igualitarias.

Las jvenes tienen que hacer frente a una serie de hechos que no concuerdan con la visin de que la igualdad sexual es un hecho y el feminismo algo del pasado. Si vivimos en una sociedad igualitaria por qu los varones matan a las mujeres?, por qu las escalofriantes cifras de malos tratos? por qu aumenta el trfico de chicas para su prostitucin por quince, treinta euros el cliente en nuestras sociedades igualitarias?

Entre todos los hechos que no casan elegimos los temas de la violencia y la prostitucin porque como ha sealado Celia Amors, con su habitual clarividencia para percibir y sistematizar por donde se estrechan y renuevan los pactos patriarcales, el cuerpo de las mujeres es el libro abierto en que se inscriben las reglas de los pactos patriarcales (Amors, 2008). Y en ese libro hoy se escribe la violencia contra sus cuerpos como violencia fsica y como cuerpos permanentemente expuestos para su alquiler o venta para uso sexual. Cuando se unen ambos tipos de escritura hablamos de violaciones.

La violencia contra las mujeres Decamos antes que una de las caractersticas del movimiento feminista es que nunca ha recurrido al uso de la violencia contra las personas en apoyo de sus reivindicaciones. Ahora bien, esto no significa que la violencia no est presente en el conflicto de gneros, lo est pero es ejercida por los varones contra las mujeres. En su obra Poltica sexual, Kate Millett escriba ya en 1969: “No estamos acostumbrados a asociar el patriarcado con la fuerza. Su sistema socializador es tan perfecto, la aceptacin general de sus valores tan firme y su historia en la sociedad humana tan larga y universal, que apenas necesita el respaldo de la violencia”. Y, sin embargo, contina Millett “al igual que otras ideologas dominantes, tales como el racismo y el colonialismo, la sociedad patriarcal ejercera un control insuficiente, e incluso ineficaz, de no contar con el apoyo de la fuerza, que no slo constituye una medida de emergencia, sino tambin un instrumento de intimidacin constante” (Millett, 1969).

La violencia contra las mujeres, como tales, no es, ni mucho menos, una realidad nueva. Todo el siglo diecinueve abunda en esta dramtica situacin. Sin embargo, como han sealado diversas autoras, slo recientemente, y en relacin con la mejora del status de las mujeres, la violencia domstica ha dejado de considerarse un “problema personal” de las mujeres afectadas para considerarse como un “problema social”. Y esto se explica en parte porque hasta hace poco predominaba una explicacin de corte biologista y psicologista que explicaba la violencia masculina como “algo natural” y, en los casos extremos, como producto de diversas patologas individuales. Desde luego, no es sta la perspectiva ni sociolgica ni feminista (de Miguel, 2005).

Las explicaciones sociolgicas y feministas sobre el uso de la violencia contra las mujeres han resaltado dos factores. En primer lugar, el proceso de socializacin diferencial de los sexos. Independientemente de cmo sean las hormonas masculinas -y volvamos a recordar lo distintos que son los varones entre s, que muchos no han ejercido la violencia en su vida, por ms que ello fuera smbolo de status y hombra en el patio del colegio- hoy existe amplia documentacin sobre cmo en la socializacin de los varones se identifica lo masculino con la fuerza y la violencia. Adems basta con entrar a una juguetera: juguetes blicos para los nios -ms o menos disimulados por su referencia a pelculas de xito como la espada lser de la Guerra de las Galaxias, el puo de Hulk o la parafernalia militar del Seor de los Anillos- y ya sin disimulo alguno juguetes domsticos y de maquillaje para las nias.

En segundo lugar, se apunta a la persistencia de las definiciones sociales que representan las relaciones entre los gneros como relaciones de subordinacin, cuando no de propiedad, en que las mujeres deben cierta sumisin a sus maridos o compaeros. Ser entonces, cuando las mujeres no respondan a las expectativas, cuando los conflictos pueden llevar al uso de la violencia como medio de restablecer la satisfaccin de las expectativas sobre el comportamiento femenino. En este segundo caso, la violencia aparece como un efectivo medio de control social sobre el comportamiento de las mujeres.

Desde esta perspectiva, es imprescindible citar el trabajo pionero de Susan Brownmiller sobre la violacin. Esta autora define la violacin como parte de un sistema de control que afecta al comportamiento cotidiano de todas las mujeres (Brownmiller, 1981). Este trabajo fue considerado, en su da, exagerado y radical. Sin embargo, hoy, el propio Anthony Giddens -el conocido socilogo ingls y no precisamente por sus ideas radicales- ha llamado la atencin sobre cmo el miedo a esta agresin conduce a las mujeres a ejercer un riguroso control sobre sus acciones y movimientos en el espacio pblico. Y, cmo, por tanto, funciona como un mecanismo eficaz para meter miedo en la socializacin de las chicas y an hoy, para culpabilizarlas si han llegado a “colocarse” en la situacin de ser violadas.

Entendemos que la violencia es una realidad por la que las chicas, de alguna manera comprenden que “algo pasa” por el simple hecho de ser mujer, es decir, que estas chicas, mujeres son asesinadas o violadas por el simple hecho de ser mujeres. Pero al mismo tiempo las jvenes no quieren sentirse como vctimas y suspenden los mecanismos de identificacin: eso son cosas que les pasan a las otras.

Tambin encuentran explicaciones alternativas en algunas ideologas de nuevo cuo que les invita a calificar el feminismo reivindicativo de llorica y victimista, y que, en ltima instancia parece tener las mismas consecuencias polticas que el individualismo de toda la vida. Se viene afirmar que las mujeres no son esos seres dbiles y sin poder que se empea en presentar el feminismo.

Las mujeres de alguna manera “eligen” de acuerdo con “estrategias” entre diferentes opciones, y como la vida es muy dura y difcil tal vez entre esas estrategias est aguantar doce aos de malos tratos y para tantas chicas del este o africanas prostituirse en un parque o un burdel. As, se dice, en vez de separarse disfrutan del nivel de vida del marido o ganan ms que limpiando.

La violencia contra las mujeres tiene importantes consecuencias en su socializacin. La socializacin de la nia implica inocularle una cierta dosis de miedo en el cuerpo, dosis que aumenta segn se adentra en la adolescencia, en que los progenitores les hacen ver claramente que una amenaza se cierne sobre ellas. Tarde o temprano la adolescente tiene que hacerse cargo de que hay un miedo especfico hacia los chicos/hombres y que no es el de que les roben el bolso. Miedo a los hombres como personas que a travs del engao o la violencia pueden “abusar de ellas”. Entonces, “cuidado con los hombres”, “no andes sola por la calle” (Aguinaga, 2004). Pero y si emparejamos este mensaje junto con el del amor romntico: el sentido de tu vida est en encontrar un hombre que te ame/proteja/de sentido a tu vida. Habr quien piense que todos estos mensajes contradictorios no deforman y retuercen hasta el desequilibrio mental el carcter femenino? Y siguiendo este hilo de razonamiento pasemos a preguntarnos qu son los malos tratos a las mujeres. Son el momento en que las dos verdades confluyen: la violencia la pasa a ejercer el hombre de tu vida. No es extrao que la sociedad hasta hace muy poco no haya querido ni verlo.

El trfico de chicas jvenes: la prostitucin y sus clientes La prostitucin es una prctica por la que los varones se garantizan el acceso al cuerpo de las mujeres. En ese sentido es la encarnacin del derecho patriarcal, el derecho incuestionable de todo varn a disponer del cuerpo de las mujeres, jvenes preferentemente, por una cantidad variable de dinero. El trfico de mujeres y nias para alquilar el uso de sus cuerpos no es tampoco una prctica nueva. En el siglo diecinueve hubo acalorados debates sobre la prostitucin y tanto las sufragistas, que la denominaron “la esclavitud blanca”, como las socialistas denunciaron y combatieron lo que calificaban de vergenza para la humanidad (Tristan, 2003).

En la actualidad, sin embargo, y de la mano de las nuevas libertades sexuales, que van desde el progresivo descenso de la edad de comienzo de las relaciones sexuales hasta la aparicin de secciones fijas de consejos y recomendaciones sobre prcticas sexuales en los suplementos dominicales de los peridicos, lo esperable era la prctica desaparicin de la prostitucin. Y, sin embargo, con la globalizacin el trfico de chicas y mujeres se ha convertido en el segundo gran negocio internacional de las mafias, despus del trfico de armas y por encima del trfico de drogas. Hoy en da existen dos posturas seriamente enfrentadas en este tema. Por un lado y desde una postura liberal se argumenta desde la tesis de que la prostitucin es un trabajo ms, que todo y por supuesto el cuerpo debe entrar en el mercado capitalista donde se intercambian servicios por dinero y que hay chicas que optan libremente por esta actividad y por tanto hay que regularla. Por otro lado est la postura abolicionista. La prostitucin no es comparable a ningn otro trabajo, por eso, entre otras cosas no es ni puede ser estudiado como profesin en los centros pblicos de enseanza. Esta postura plantea con radicalidad la investigacin de lo que realmente subyace a la prostitucin de las mujeres y como ideal ltimo la desaparicin de la misma. Tambin se defiende y es lo que ahora ms nos interesa en este artculo, que la sexualizacin de las mujeres y su comercializacin es hoy, en los tiempos de la igualdad formal, uno de los mecanismos fundamentales de reproduccin de la desigualdad sexual. El gran problema que afronta el feminismo con la prostitucin es el mismo que ya afrontara con el tema de los malos tratos: el manto de hipocresa y silencio que encubre a los puteros, los clientes, y la amplia legitimidad y aceptacin social del fenmeno como algo inevitable, cuando no relacionado con la alegra de vivir y la transgresin moral antiburguesa. Sin embargo, en los ltimos planteamientos se est imponiendo con fuerza el tema de pensar, investigar y conceptualizar a los clientes, condicin necesaria de la existencia de burdeles y a menudo varones casados y padres de familia. Pero tambin, por noticias que aparecen aqu y all en la prensa, una prctica en la que cada vez ms se intenta captar a los chicos jvenes con publicidad en los peridicos, Internet y otras como las despedidas de solteros y los viajes programados por agencias con prostitutas incluidas. La prctica de la prostitucin refuerza la concepcin de las chicas/mujeres como cuerpos y trozos de cuerpos de los que es normal disponer y de los que no importa preguntarse cmo ni por qu estn ah. El hecho de que los varones busquen y encuentren placer sexual de personas que obviamente no les desean en absoluto es, sin duda, una importante materia de reflexin sobre el abismo que se abre bajo la aparente igualdad y reciprocidad en las expectativas y vivencias sobre la sexualidad. Esta despersonalizacin de seres humanos, a veces muy jvenes y en su mayora inmigrantes de todas las etnias y pases empobrecidos supone, aparte de la inmoralidad que pueda significar, la reproduccin activa de las identidades ms arcaicas y conservadoras del patriarcado: por un lado estn las mujeres madres y esposas e hijas y por otro las putas, las mujeres que al no ser de ninguno pueden ser de todos, las clebres “mujeres pblicas”.

Sin embargo, y aunque por razones de espacio no podemos profundizar en el tema, desde el mundo de la creacin -pelculas, series de televisin, se est machacando con el tema de “las chicas alegres” como un mandato que hay que aceptar: es normal y deseable buscar placer en la necesidad ajena. Realmente las generaciones ms jvenes, que son llamadas a la transgresin y viven muy mal el insulto de “puritana, frgida, reprimida”, estn desarmadas tericamente para interpretar como parte del sistema de dominacin patriarcal un comportamiento que bajo la apariencia de posmodernidad remite a las ms rancias y antiguas imposiciones patriarcales (Puleo, 2003). Al mismo tiempo tambin se acompaa del mensaje “es inevitable”, es la profesin ms vieja del mundo. Si algo nos est enseando la historia a las feministas es que nada de lo que concierne a las relaciones entre varones y mujeres es inevitable, por lo que menos lo va a ser una prctica que an hoy continan ejerciendo casi en exclusividad los primeros a costa de la pobreza, la desesperacin y en definitiva la precaria situacin estructural de las mujeres en el mundo.

Jvenes y feministas: una minora activa (como siempre) Cada da est siendo ms cuestionada la afirmacin de que la juventud no se implica en el activismo social y poltico. Es cierto que las chicas y chicos de ahora no estn viviendo las revueltas de Mayo del 68, ni la transicin de la democracia a la dictadura pero eso no significa que estn concentrados en su vida privada. Tal vez pueda haber sido cierto para la dcada 1985/1995, dcada del yuppismo y tambin de la cada del muro de Berln, pero desde 1999 en que toma carta de naturaleza el Movimiento Antiglobalizacin, el Movimiento de Movimientos, ya no es posible recurrir al manido tpico de la desmovilizacin poltica de la juventud.

Ms cercana a la realidad puede estar la tesis de que las implicadas en cambiar la sociedad siempre ha sido una minora, aunque una minora activa muy activa e influyente. De hecho M Angeles Larumbe en su estudio sobre el feminismo en la transicin toma el concepto de minora activa de Moscovici para analizar su profunda influencia en los cambios sociales, cambios con los que comenzbamos el primer apartado de este artculo (Larumbe, 2002).

Hoy la juventud tiene ms vas de participacin en el espacio pblico y sus intereses estn ms diversificados como es el caso de su implicacin en las organizaciones no gubernamentales y la cooperacin internacional. Esta participacin tiene lugar en los partidos polticos convencionales, que cuentan con sus propias asociaciones juveniles, en las mencionadas ONGS y en los movimientos sociales que se autocalifican como radicales y alternativos en sentido amplio. Y por supuesto en el feminismo. Y es que de hecho existen cada vez ms asociaciones que se autodesignan jvenes y feministas como para hablar de una forma especfica de militancia, aunque tal vez est un poco eclipsada por el hecho de que convive con el feminismo de mujeres de todas las edades y con el llamado feminismo institucional.

Estos grupos de jvenes feministas forman parte de las redes sumergidas del feminismo, son parte de esos laboratorios en que se van cociendo visiones alternativas de la realidad. Y tambin hay que sealar el activismo en el espacio virtual, el ciberfeminismo social de la red que de forma tan certera ha conceptualizado y rastreado Montse Boix en su trabajo “hackeando el patriarcado” (Boix, 2006). Adems de la militancia de las jvenes hay que sealar otras militancias muy ligadas al feminismo y sus fines. Por un lado los grupos de activistas lesbianas que luchan por la doble discriminacin que supone ser mujeres y lesbianas un colectivo que an tiene mayores problemas de aceptacin y reconocimiento que los chicos varones (Osborne, 2006). Por otro est emergiendo un fenmeno nuevo y muy sugerente como es el de los grupos de varones heterosexuales que juntan sus fuerzas para tomar distancia crtica y desafiar las normas y valores de la masculinidad patriarcal (Ahige y Hombres por la Igualdad). La gran terica feminista socialista Alejandra Kollontai expresaba a principios del siglo veinte, y ya con cierta amargura, que mientras cada vez haba ms mujeres nuevas, no se divisaba por lado alguno al “hombre nuevo”. Puede que estos grupos y asociaciones junto con la consolidacin de los estudios de la masculinidad y las nuevas masculinidades sean ya esa minora activa e influyente que tarde o temprano contribuye al cambio de las mentalidades y a la formacin de un sentido comn alternativo, como en su da en el feminismo. Hoy como ayer las jvenes harn lo que quieran, y no podra ser de otro modo, pero seguro que unas cuantas, las suficientes, seguirn tomando el testigo del feminismo y ellas, como en su da las sufragistas, las socialistas y las radicales, ellas cambiarn el mundo. Termino pues citando la declaracin fundacional de uno de estos grupos de mujeres jvenes en unas muy recientes jornadas. Tras haber hecho un recuento de los problemas sociales que acechan a las jvenes por el nico hecho de ser chicas, concluyen: “Es por ello, que consideramos necesario declararnos feministas, puesto que a pesar de que a nivel legislativo se reconozcan nuestros derechos, queda todava mucho por recorrer hasta que la igualdad real entre hombres y mujeres exista” (Cspedes, 2008)

Conclusin

El feminismo tiene como objetivo explcito poner fin a una de las desigualdades ms universales y duraderas de las existentes. La desigualdad sexual es tambin una profunda raz material y psicolgica de la que se nutren el resto de las desigualdades sociales. El problema del hambre, de las guerras, tambin se relaciona con la frrea interiorizacin de los valores de la desigualdad desde la infancia, que ensean a convivir con la desigualdad como lo normal y natural, consustancial al gnero humano. Sin embargo, uno de los principales problemas del feminismo contina siendo el de hacer visible e injusta esta desigualdad para la mayor parte de la opinin pblica. Este problema contina teniendo ms vigencia, si cabe, entre la juventud y en sociedades que, como la nuestra han puesto fin a la prctica totalidad de las desigualdades formales. Y la tarea no es fcil porque tambin se ve dificultada por la fuerte y continua reaccin ideolgica contra las metas del feminismo. Por el continuo halago que reciben las nias y las chicas por el simple hecho de serlo (el “todas son o deberan ser princesas”) y que oscurece la realidad de que la vida humana es una historia repleta de problemas, lucha y superacin personal. Frente a esta reaccin en que el feminismo se convierte en un anacronismo (que obstaculiza la renovada promesa de ser princesas) fenmenos como la persistencia o el recrudecimiento de la violencia contra las mujeres y el trfico de chicas de todas la etnias y pases para su prostitucin permiten visualizar la contradiccinmanifiesta entre un valor cultural cada vez ms aceptado como es la igualdad sexual y su falta de concrecin real.

REFERENCIAS
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Comentarios

  • > Feminismo y juventud en las sociedades formalmente igualitarias
    10 de septiembre de 2010, Publicado por David

    Lo que comentan que escribi Rousseau es hermoso: “La educacin de las mujeres debe ser relativa a los hombres. Complacernos, sernos tiles, hacer que las amemos y las estimemos, que nos eduquen cuando seamos jvenes y nos cuiden cuando seamos viejos, nos aconsejen, nos consuelen, para que as nuestras vidas sean fciles y agradables; estos son los deberes de las mujeres de todos los tiempos y para lo que debieran ser enseadas durante la infancia”.

    Algo que sin duda dara una gran felicidad y valor a las vidas de los hombres, y una gran estabilidad emocional a las familias. El nico punto a tratar debera ser como compensar adecuadamente a las mujeres por esta trascendentsima e insustituible tarea, para que ellas sean tambin realmente felices.

    Es cierto que existen elementos relativos al dominio en este modelo, pero este no es necesariamente malo, (de hecho cuando se aplica en forma juiciosa, puede ser muy positivo por hacer ms dficil que se disuelvan las parejas y por hacer que las cosas se presten a menos discusiones; esto no implica que se tengan que llegar a abusos, ni que el "dominado" no tenga la posibilidad de negarse en ciertos asuntos importantes). A final de cuentas lo que debera ser una responsabilidad social debera ser mantener acotado esto y evitar los abusos, y tambin inculcar de diversas formas el amor, la sensibilidad, la consideracin y el respeto. Pero no, querer cambiar un modelo, que al menos para m si lo hiciera, le quitara muchismo del atractivo y de lo romantico a las relaciones de pareja; ademas de que no podra confiar en una relacin para algo trascendente, simplemente porque primara en ella el individualismo, el egoismo, la independencia y la circunstancialidad de la relacin supeditada a los aspectos laborales e intereses del momento de cada uno. Yo nunca querr vivir en esa sociedad. Sera un horror.







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