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Dos grandes aniversarios

Publicado por Alfonso Díez | 22 de junio de 2011

Al buen vino, nacido en fértiles viñas, elaborado con mimo y debidamente conservado en buenas barricas, el paso del tiempo lo mejora, lo enriquece de aromas, colores, texturas y sabores que sólo los buenos olfatos y exigentes paladares saben apreciar en su justa medida. Con las obras y las personas pasa lo mismo.

Cuando están hechas de buena pasta, a conciencia, los años no sólo no las deterioran -que es lo habitual- sino que las engrandecen, fortaleciéndolas de una manera tan especial que da gusto verlas, tanto que acaban ejerciendo un fuerte atractivo en quienes las admiran, a pesar de las huellas que, sin duda, dejan las vicisitudes de la vida.

La Casa-Escuela Santiago Uno de Salamanca -fundada en 1971- cumple 40 años. Lo celebraron por San Isidro, como no podía ser menos, pues es el patrono de los campesinos, origen de muchos de los chicos y chicas que han pasado -y pasan- por Santiago Uno. Y el de la Escuela Agraria “Lorenzo Milani”, también de aniversario -el treinta- pues nació diez años más tarde, en 1981, hoy importante y reconocido Centro de Formación Profesional Específico (CFPE) de la ciudad, “la joya de la corona” de una magnífica obra pedagógica, que, como decía al principio en relación al vino, los años la van haciendo cada vez más grande y valorada. La realidad lo confirma, ya se han abierto siete casas tipo Santiago Uno, y la “Milani”, como se conoce al Centro de FP, no sólo está consolidada como Centro Docente Concertado, sino que su oferta educativa es cada vez más amplia y diversa, en correspondencia a la creciente demanda y a su reconocido prestigio.

Confieso que a mí me habría gustado ser alumno de la Casa-Escuela Santiago Uno de Salamanca, la primera, cuando comenzó a andar, allá por los albores de la década de los 70, que corresponde a quienes ahora tenemos cincuenta y tantos años. Probablemente ahora tendría mejor asentados ciertos valores y convicciones pedagógicas, con menos dudas; porque los habría aprendido y practicado, o sea, vivido, a diario, en comunidad. Un estilo educativo -basado en la Pedagogía de Barbiana- por el que me habría dejado imbuir confiadamente, como quien tiene la certeza de estar en buenas manos.

Como educador, sin embargo, ni me lo planteé cuando, veinteañero, terminando Magisterio, y poco después maestro, me introduje en el estudio de la Pedagogía de Barbiana, sobre todo a partir de las lecturas de “El maestro de Barbiana”, de Miquel Martí, y, principalmente, de “Carta a una maestra”, traducida al español por José Luis Corzo. Sencillos y contundentes libros que me marcaron, hasta el punto de “arder” por empezar a dar escuela, ya fuera en el pueblo más recóndito, ya en el barrio más marginal. Y así fue. El mundo rural, desconocido para mí, me esperaba. Una suerte que, sin duda, repetiría si regresara al pasado.

Y, como digo, no podría -no quise o no tuve valor- haber sido educador de Santiago Uno, porque no me eduqué con ellos, en su ambiente. Nunca me sentí a su altura. Me imponían la Casa, los educadores, la madurez de los muchachos, la atmósfera de responsabilidad, de trabajo, de compromiso, de austeridad, de concienciación... que percibía las veces que la visité. Siempre tuve la sensación de que no podría enseñarles nada que ellos no supieran ya, tan bien o mejor que yo. A Santiago Uno y a la Escuela Agraria siempre he ido a con cierta timidez y devoción, a aprender, a mirar y a callar. Y cuando alguna vez -obligado por las circunstancias- he participado en algún curso o charla, como ponente, me han dado ganas de sentarme junto a ellos a trabajar y aprender, compartiendo conocimientos, ideas, impresiones, experiencias...

Es lo que tiene una casa-escuela para los “últimos”, que imprime carácter. Una escuela alternativa para recuperarlos de sus fracasos escolares, de su humillada autoestima. Los expulsados del sistema educativo escolar, los “desechos de la escuela”, que Milani sintetizó certeramente en una frase que se ha hecho famosa: “La escuela es un hospital que cura a los sanos y expulsa a los enfermos”, y que pocos años después otro célebre pedagogo y dibujante italiano, Francesco Tonucci “Frato”, expresó genialmente en su archiconocido esquema sobre la “Máquina de la escuela” (Con ojos de niño, 1970).

Curiosa paradoja. Yo, que en gran parte me he formado como maestro bajo la poderosa influencia -entre otras- de la figura don Milani y su pedagogía realista, que durante veinte años he practicado sus técnicas didácticas, seguido sus fines pedagógicos e implantado la escuela a pleno tiempo en el medio rural, que he escrito cientos de artículos sobre enseñanza y educación, participado y organizado numerosas actividades de formación del profesorado, que he sido un activo entusiasta de los Movimientos de Renovación Pedagógica, que soy miembro del MEM (Movimiento de Educadores Milanianos) desde su fundación (1982) y ahora, de nuevo, su presidente, y que, para no dejar de ser más milaniano, además soy un sindicalista convencido y comprometido, como algunos de los exalumnos de Milani, porque el sindicalismo también fue una de sus preocupaciones, por lo que tiene de entrega e identificación con la clase trabajadora, con los “últimos”, yo, repito, no he conseguido sentirme uno más de la extensa familia milaniana, la de los que tuvieron o tienen la suerte de estar en Santiago Uno o en la Escuela Agraria, y que en estos días de mayo han vuelto a reunirse para celebrar tan importantes y merecidos Aniversarios. Porque es así, se percibe, pasar por cualquiera de estas dos Escuelas otorga un carisma especial, un singular estilo.

En fin, sin falsas modestias, ésta es una más de tantas lagunas que tengo, y que he intentado llenar amando mi trabajo de maestro, ya desde el aula y el colegio, ya desde el sindicato, para dignificarlo y sea justamente reconocido por la sociedad, desde una concepción de la enseñanza y la educación como servicio público universal, gratuito, prioritario y fundamental, compensador de desigualdades de origen, justo y solidario, especialmente con quienes más lo necesitan.

No me queda sino felicitar, en primer lugar, a José Luis Corzo, fundador de Santiago Uno y de la Granja Escuela “Lorenzo Milani”, en estos sus 40 y 30 aniversarios, respectivamente, porque ver crecer y consolidarse aquella bendita “locura” pedagógica de 1971 debe de ser profundamente gratificante, y a Jesús Garrote, que ha recogido muy dignamente la ardua tarea de continuar una obra pedagógica de tan grueso calibre. Y, naturalmente, a todas las personas (profesorado, alumnado, educadores, personal de cocina, colaboradores diversos, otros profesionales, etc.) por su gran trabajo, generosidad y colaboración, a los largo de estos años, para que la celebración de estos dos grandes aniversarios se haya hecho felizmente realidad.

¡Felicidades! Alfonso Díez Prieto.

Presidente del MEM -Grupo Milani Salamanca, 27 de mayo de 2011 ..............................









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